Puedes estar haciendo todo bien y seguir siendo completamente incoherente.
Lo que nadie te dice sobre la coherencia — y por qué importa más de lo que crees.
Hay quienes hacen cosas todo el día. Tienen la energía, tienen la voluntad, tienen las ganas. Pero al final de la semana, cuando los resultados no llegan — o llegan y no duran — esa energía que parecía inagotable se va convirtiendo, poco a poco, en agotamiento y frustración. En una pregunta silenciosa que se repite: ¿para qué tanto esfuerzo si no me lleva a donde quiero?
Hay quienes, en cambio, lo piensan todo con una precisión admirable. Analizan cada variable, evalúan cada riesgo, consideran cada opción. Pero se pierden en ese laberinto de ideas y entonces decidir se vuelve casi imposible. La acción se posterga. Pasa otra semana. Y la duda — esa que empezó como precaución — se instala como compañera permanente.
Y hay quienes sienten todo con una intensidad tal que los desborda. Para estas personas las emociones son tan grandes que nublan el pensamiento — y aunque el cuerpo sigue funcionando, sus acciones son automáticas. Como si alguien más estuviera al volante.
Tres personas distintas. Tres formas diferentes de estar en el mundo. Y sin embargo, el mismo resultado: algo no encaja. Algo no fluye. Algo, por dentro, no termina de cuadrar.
Lo sé porque las acompaño todos los días. Y porque yo misma lo he vivido más de una vez.
Coherencia no es lo que crees que es.
La mayoría entiende coherencia como alinear lo que piensas con lo que dices y haces. Y sí — eso es parte de ella. Pero hay algo más profundo que casi nadie nombra:
Puedes estar haciendo exactamente lo que dijiste que ibas a hacer y seguir siendo completamente incoherente.
Porque la coherencia real no depende solo de tus actos. Depende de si tu mente, corazón y cuerpo están alineados o si uno de ellos está siendo ignorado.
Quien hace sin estrategia tiene el cuerpo activo pero la mente desconectada. Quien piensa sin decidir tiene la mente ocupada pero el cuerpo paralizado. Quien actúa desde la emoción desbordada puede tomar decisiones sin ver sus implicaciones. En los tres casos hay un exceso en un lugar y un déficit en otro. Y eso, aunque no se vea, siempre tiene un costo.
La coherencia sin estos tres centros alineados no existe. Y cuando falta alguno, todo lo que hacemos — por bien intencionado que sea — opera desde la supervivencia, no desde la conciencia. No hay claridad mental real. No hay emocionalidad que sostenga lo que queremos. Solo hay reacción, patrones que se repiten y resultados que no cambian.
Lo que aprendí cuando dejé de ignorar mi cuerpo.
Durante años viví enfocada en el hacer. En cumplir, en producir, en no detenerme. Hasta que el cuerpo habló más fuerte que mis metas.
Hoy, cuando noto que algo no fluye — y sobre todo cuando es algo que viene pasando, no solo un día malo — lo primero que hago es observar qué le falta a mi cuerpo. Casi siempre la respuesta es sueño, sol, alimento o movimiento. Y cuando le doy lo que necesita, lo demás empieza a acomodarse: tengo la energía para organizarme, la claridad para decidir, la presencia para hacer lo que necesito desde un lugar real.
Entonces primero atiendo mi cuerpo y luego ejecuto. Sé que va en contra de todo lo que nos dice una sociedad obsesionada con la productividad. Pero nuestro cuerpo no es una máquina — es un organismo que responde a ciclos naturales. Y pedirle a un cuerpo que funcione de forma perfecta sin darle lo que necesita es como pedirle frutos a una planta que nadie ha regado.
Un primer gesto para volver a ti.
La próxima vez que sientas que algo no encaja — que hay prisa, tensión, ruido mental o que estás actuando sin saber muy bien desde dónde — pausa.
Lleva tu atención a la respiración. Solo nota cómo entra el aire y cómo sale. Sin forzar nada. Cuando hayas notado tu ritmo, empieza a profundizarlo: deja que la exhalación dure el doble que la inhalación. Si inhalaste contando cuatro, exhala contando ocho. Regálate dos minutos con ese ritmo.
Lo que estás haciendo no es relajarte. Es notar desde dónde estás operando. Es enviarle al cuerpo una señal clara: estás a salvo. Puedes bajar la guardia. Puedes elegir.
Y desde ahí, la coherencia no se busca, porque no es algo que te falta. Es algo que se recuerda y que se activa cuando mente, corazón y cuerpo se alinean y vibran en la misma frecuencia.
Marce Tapias G. es psicoterapeuta integrativa, coach transpersonal y conferencista internacional. Fundadora de Aurora HDC, acompaña a personas y organizaciones a pasar del ruido interno a la coherencia — a volver a habitarse completos. aurorahdc.com
Coherencia no es lo que crees que es.
La mayoría entiende coherencia como alinear lo que piensas con lo que dices y haces. Y sí — eso es parte de ella. Pero hay algo más profundo que casi nadie nombra:
Puedes estar haciendo exactamente lo que dijiste que ibas a hacer y seguir siendo completamente incoherente.
Porque la coherencia real no depende solo de tus actos. Depende del lugar desde el que nacen. Y ese lugar tiene todo que ver con si tus tres centros — mente, corazón y cuerpo — están hablando el mismo idioma o si uno de ellos está siendo ignorado.
Quien hace sin estrategia tiene el cuerpo activo pero la mente desconectada. Quien piensa sin decidir tiene la mente ocupada pero el cuerpo paralizado. Quien siente sin poder actuar tiene el corazón desbordado y los otros dos centros sin poder operar. En los tres casos hay un exceso en un lugar y un déficit en otro. Y eso, aunque no se vea, siempre tiene un costo.
Coherencia sin los tres centros alineados no existe. Y cuando falta alguno, todo lo que hacemos — por bien intencionado que sea — termina operando desde la supervivencia, no desde la conciencia. No hay claridad mental real. No hay emocionalidad que sostenga lo que queremos. Solo hay reacción, patrones que se repiten y resultados que no cambian.
Lo que aprendí cuando dejé de ignorar mi cuerpo.
Durante años viví enfocada en el hacer. En cumplir, en producir, en no detenerme. Hasta que el cuerpo habló más fuerte que mi agenda.
Hoy, cuando noto que algo no fluye — y sobre todo cuando es algo que viene pasando, no solo un día malo — lo primero que hago es observar qué le falta a mi cuerpo. Casi siempre la respuesta es sueño o movimiento. Y cuando le doy lo que necesita, lo demás empieza a acomodarse: tengo la energía para organizarme, la claridad para decidir, la presencia para ejecutar desde un lugar real.
Primero lo atiendo. Luego ejecuto. Sé que va en contra de todo lo que nos dice una sociedad obsesionada con la productividad. Pero nuestro cuerpo no es una máquina — es un organismo que responde a ciclos naturales. Y pedirle claridad o coherencia a un cuerpo que no tiene lo que necesita es como pedirle frutos a una planta que nadie ha regado.
Un primer gesto para volver a ti.
La próxima vez que sientas que algo no encaja — que hay prisa, tensión, ruido mental o que estás haciendo sin saber muy bien desde dónde — pausa.
Lleva tu atención a la respiración. Solo nota cómo entra el aire y cómo sale. Sin forzar nada. Cuando hayas notado ese ritmo, empieza a profundizarlo: deja que la exhalación dure el doble que la inhalación. Si inhalaste contando cuatro, exhala contando ocho. Regálate dos minutos con ese ritmo.
Lo que estás haciendo en esos dos minutos no es relajarte. Es notar desde dónde estás operando. Es darle al cuerpo una señal clara: estás a salvo. Puedes bajar la guardia. Puedes elegir.
Desde ahí, la coherencia no se construye. Se recuerda. Porque no es algo que te falta — es algo que se activa cuando los tres centros vuelven a hablarse.
¿Desde cuál de tus centros estás operando hoy?
Marce Tapias G. es Terapueta integrativa, coach transpersonal y conferencista internacional. Fundadora de Aurora HDC, acompaña a personas y organizaciones a pasar del ruido interno a la coherencia — a volver a habitarse completos. aurorahdc.com